viernes, 23 de septiembre de 2011

Hermano Balbino en el SENAC

Reciban un cordial saludo desde Guatemala, la tierra de la eterna primavera y de mártires catequistas. Me llamo Balbino, soy hermano marista nacido en El Salvador. Desde hace siete años me dedico a la formación de catequistas y profesores de religión en Centroamérica, Cuba y Puerto Rico. Soy miembro de la Sociedad de Catequetas Latinoamericanos (SCALA) y en los últimos cuatro años he tenido la oportunidad de colaborar desde la región centroamericana con la Sección Catequesis del Departamento de Misión y Espiritualidad del Celam. 

Agradezco al P. José Luis Quijano la invitación que me hizo hace unos meses para compartir con el Seminario Nacional de Catequesis dentro del camino que la Iglesia en Argentina hace hacia el III Congreso Catequístico Nacional a realizarse en Morón el año próximo.



Quiero compartir con ustedes algunas ideas sobre el caminar de la catequesis en América Latina, para ello me valgo de las experiencias compartidas y discutidas en diferentes instancias catequéticas llevadas a cabo en los últimos años:

• Los Encuentros Regionales de los Responsables de la animación nacional de Catequesis tanto de Centroamérica y el Caribe como de Sudamérica.
• Las Jornadas de estudio desarrolladas por la Sociedad de Catequetas Latinoamericanos en San José, Buenos Aires, Santiago de Chile y Quito.
• Las reuniones de los Equipos de expertos del Departamento de Misión y Espiritualidad en materia de Catequesis, Liturgia y Piedad Popular.

Acudo también a tres grandes acontecimientos latinoamericanos que marcan nuestra visión catequética para los próximos años, me refiero a la III Semana Latinoamericana de Catequesis celebrada en 2006, la Conferencia de Aparecida del 2007 y la Misión Continental lanzada oficialmente en el 2008.

Los últimos años están marcados por el interés creciente y la puesta en práctica de un modelo de catequesis centrado en la iniciación (o reiniciación) a la vida cristiana y en la formación iniciática del equipo de catequistas. Es por ello que he titulado a esta reflexión:

LA FORMACIÓN DEL DISCÍPULO MISIONERO:
PRIORIDAD EN LA CATEQUESIS DE AMÉRICA LATINA

Evidenciar las fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas de la evangelización y la catequesis nos permitirá proyectar de manera más realista el camino catequético a seguir en los próximos años:

FORTALEZAS QUE SE MANIFIESTA EN EL CAMINO

La parroquia en América Latina sigue siendo el lugar de referencia religiosa para nuestra gente. El pueblo latinoamericano continúa hoy acercándose a las parroquias, buscando el encuentro con Dios sobre todo a través de los sacramentos. 

Ha crecido la importancia que se da entre las comunidades católicas a la Palabra de Dios, de manera especial, a la lectura orante de la Biblia. Este ejercicio ha permitido a muchos entrar en comunión con Dios, leer a la luz de la fe la historia y la realidad del pueblo y organizar comunidades de fe y compromiso.

Crece el número de diócesis, parroquias y Movimientos que han implementado itinerarios catequísticos sólidos y graduales.

La catequesis familiar ha favorecido en muchos casos la conversión de adultos y niños a Jesucristo, la lectura orante y comprometida de la Palabra, el sentido de Iglesia, el compromiso misionero y la vida sacramental. Esta catequesis permite el desarrollo de comunidades interfamiliares y pequeñas comunidades eclesiales que mejoran, entre otras cosas, las relaciones conyugales e intergeneracionales.

Se han multiplicado las formas de acompañar el caminar en la fe de padres, padrinos así como también el despertar religioso de los niños desde la más tierna infancia.

La evangelización desde las instancias parroquiales se sigue sistematizando, si bien, preconiza un modelo catequístico de iniciación sacramental primordialmente para niños, adolescentes y jóvenes. 

La piedad popular, arraigada en el corazón del latinoamericano, sigue movilizando a grandes cantidades de personas de todos los estratos sociales en torno a fiestas y lugares de peregrinación.

Finalmente, crece la convicción de que es necesaria una conversión personal e institucional centrada en el encuentro con Jesucristo. Encuentro que debe ser acompañado y sostenido en comunidad y ratificado en el compromiso real por el Reino.


DEBILIDADES MANIFIESTAS

El proceso de formación del discípulo, si bien se realiza en condiciones aún favorables, encuentra algunas dificultades o carencias: 

- Predominan en nuestras naciones y de manera especial fuera de las grandes ciudades, modelos catequísticos centrados en lo doctrinal, lo sacramental y lo moral, de modo desarticulado, limitados a la edad infantil.

- La catequesis está poco atenta a educar la conversión y el sentido misionero, conduciendo escasamente a vínculos comunitarios y a un proyecto de misión. 

- Aunque, en el ámbito de reflexión catequética, se ha subrayado la importancia del kerigma, éste sigue estando ausente en los procesos. ¿Qué es el kerigma? y ¿cómo llevarlo a la práctica? son aún interrogantes en muchos formadores y catequistas latinoamericanos.

- La Misión Continental y el llamado a una nueva evangelización no ha sido puesta en práctica en muchos lugares, presuponiéndose aún la existencia de un ámbito católico generalizado.

- La formación de los catequistas es aún escasa y fragmentada. En muchos lugares aún no se cuenta con itinerarios formativos, escuelas, cursos y formadores. De igual manera se evidencian serias carencias en el campo de la formación catequética de seminaristas, presbíteros y diáconos permanentes.

- Nuestra gente sigue acercándose a los sacramentos pero desde una mentalidad mágica. No hay conexión con la vivencia exigida al discípulo misionero.

- Los procesos catequísticos se desarrollan en modo lineal, están acotados a un tiempo preciso y adolecen de creatividad en su metodología. Falta integrar más la dimensión catecumenal de la catequesis tanto en niños, jóvenes como adultos.

- La iniciación sacramental o al a vida cristiana en nuestras parroquias ha privilegiado una pastoral de iniciación por edades.


OPORTUNIDADES

La comunidad de discípulos misioneros encuentra un tiempo y espacio propicios para desarrollar la formación:

- Somos un pueblo que manifiesta unos grandes valores abiertos al encuentro con el “otro” con minúsculas y del “Otro” con mayúsculas. En palabras del P. Van den Bosh “la inmensa mayoría de la gente sigue teniendo fe pero muchos no han tenido oportunidad para ser formados, informados y transformados por un encuentro con el Resucitado”

- Existe la serena intuición de que nos orientamos hacia comunidades católicas numéricamente más pequeñas pero más auténticas.

- Vivimos un momento de renovación, en donde existe un deseo sincero de formación sólida y de comprensión de lo que comporta ser cristiano en el mundo de hoy.

- Somos un continente multicultural, que exige tener en cuenta tanto los lenguajes verbales y no verbales como la sensibilidad por el cuidado de la tierra, el respeto a los mayores y el sentido comunitario que caracteriza a las culturas ancestrales y contemporáneas.

- Los jóvenes son la gran riqueza de nuestros pueblos y de la Iglesia. Un 25% de la población total de América Latina está entre 15 y 29 años de edad según el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía. 


AMENAZAS

Finalmente, enumero diversas preocupaciones que atañen al quehacer pastoral y catequético:

- Nuestro contexto cultural está marcado por el pluralismo religioso, el agnosticismo y la evasión a las grandes preguntas existenciales Esto incide fuertemente en la vivencia cristiana sea como oportunidad de vivir una catolicidad sólidamente fundada, sea como debilitamiento evidenciado en el relativismo moral, la pérdida de referencias a la comunidad eclesial, o pérdida de sentido y compromiso.

- La familia ya no está siendo el lugar de transmisión y crecimiento en la fe. Muchas familias ven la catequesis como preparación a la recepción de sacramentos, con poca conciencia de compromiso y sin coherencia de vida. Los padres delegan la educación de sus hijos en los catequistas, en la parroquia o en la escuela católica.

- Muchos presbíteros no se involucran en la animación y formación catequística. En los seminarios no se han implementado programas adecuados en este campo. Muchas de las tensiones entre catequistas y párrocos se deben a la falta de conocimiento y diálogo constante. La parroquia ha dejado el proceso evangelizador en manos de los catequistas, sin involucrar a toda la comunidad, recargándolos de trabajo y desgastándolos, llevando con ello a la frustración y abandono del ministerio.

- Muchos catequistas y con ellos los encargados de la catequesis mantienen una perspectiva lineal de los procesos de evangelización de tal forma que no se llega a ver la complejidad de la Iniciación a la Vida Cristiana desde diferentes procesos.

- La catequesis encuentra aún dificultad para favorecer la integración fe-vida, descuidando la iniciación de otras dimensiones de la fe cristiana, particularmente relacionadas con la comunidad, la sociedad y la misión. Al olvidar la iniciación a la misión se está formando laicos intimistas y comprometidos únicamente en actividades intraeclesiales.

- La catequesis de niños, adolescentes y jóvenes es práctica común pero corre el riesgo de reducirse a esas edades o a ser tarea eminentemente presacramental.


LA CATEQUESIS HACIA LA QUE APUNTA LA FORMACIÓN DEL DISCÍPULO MISIONERO

Podemos enumerar una serie de claves para un proyecto catequético como tarea para los próximos años:

UNA CATEQUESIS QUE PARTA DEL ENCUENTRO CON JESÚS

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus Caritas Est 1)

El fin último de la catequesis es poner a la persona en contacto, comunión e intimidad con Jesús. Esta tarea de dar a conocer a Jesucristo a los pueblos de América Latina queda de manifiesto no solamente al final del documento conclusivo de Aparecida sino como motivo principal de la Misión Continental.

La realidad religiosa de nuestra sociedad hace necesario volver a anunciar a Cristo. Ello implica que la comunidad eclesial no dé por supuesto la fe en sus interlocutores e implemente de manera permanente el kerigma, considerando que los bautizados de toda edad son destinatarios del primer anuncio, incluso los niños y sus familias.

CENTRALIDAD DE LA PALABRA DE DIOS

La Palabra de Dios debe tener primacía en la vida del discípulo misionero. En ella descubre su identidad de hijo y hermano, las actitudes y sentimientos de Cristo con los que debe configurarse y los criterios de lectura e interpretación creyente de la realidad. El catequista se reconoce su servidor y profeta, cumpliendo la tarea evangelizadora a la manera de María.

UNA INICIACIÓN A LA VIDA CRISTIANA CON INSPIRACIÓN CATECUMENAL

La Iniciación a la Vida Cristiana debe ser un proceso extendido en el tiempo en el que el convertido reciba la instrucción evangélica, se ejercite para conformar su vida al estilo del Evangelio y sea introducido por el bautismo, la confirmación y la eucaristía en la comunidad eclesial y en el mundo.

Necesitamos un proceso que inicie verdaderamente; un modelo catecumenal que cuide la formación humana y psicosocial, privilegie la Sagrada Escritura, que contextualice y profundice las dimensiones diaconal, misionera y vocacional. Para lograrlo, podemos fijar nuestra atención en el catecumenado antiguo y en el RICA. La propia formación de los catequistas, y el año propedéutico de los seminaristas convendría que fuese conducida a partir de este modelo.

DINAMICIDAD, CIRCULARIDAD, PROGRESIVIDAD EN LOS PROCESOS FORMATIVOS

La dinámica del proceso evangelizador comienza con el despertar y suscitar la conversión y adhesión, continúa con la estructuración y fundamentación de la conversión y conduce a la inserción plena en la comunidad. 

Las etapas deben cumplirse en un orden lógico, no necesariamente lineal, desarrolladas en forma dinámica y creativa. Para salir de la encrucijada ha de asumirse la dinamicidad y circularidad del proceso evangelizador como principio de renovación y de cambio. El catequista debe saber operar con una visión global, integral, dinámica de proceso y circular.

La catequesis ha de realizarse por grados continuos y progresivos. Debe iniciar en todas la dimensiones de la fe. La formación del catequista también ha de ser en las dimensiones fundamentales (ser, saber, saber hacer y saber convivir).

El método para la formación de catequistas debe ser vivencial, ha de conducir al encuentro con el Señor mediante la inmersión en la experiencia comunitaria, siguiendo el método ver, iluminar, actuar y celebrar.

UNIDAD DE LOS SACRAMENTOS DE INICIACIÓN

La celebración de los tres sacramentos en diversos momentos debe ser asumida integralmente, conservando la unidad interna y del proceso. Concebir la unidad de los tres sacramentos comporta un cambio de paradigma en la iniciación por edades para asegurar que cada cristiano recorra el camino completo.

PLURALIDAD DE LOS DESTINATARIOS EN EDADES Y SITUACIONES

Los bautizados no suficientemente evangelizados necesitan una nueva evangelización en orden a su conversión a Jesucristo y a una catequesis de IC que dé solidez a su opción vital de fe. La Iglesia también acompaña el crecimiento de los niños bautizados hasta completar su IC. En ella los padres y padrinos juegan un papel importante. El acercamiento a no creyentes requiere de una comunidad atractiva, contacto personal fraterno, testimonio de solidaridad y anuncio del kerigma. Los estudiantes también deben recibir una educación integral en la que se encuentren con Jesucristo y maduren en la fe mediante un proceso de IC. 

FORMACIÓN EN, DESDE Y PARA LA COMUNIDAD

No se puede entender la IC sin una comunidad. Compete a ella articular el proceso evangelizador de iniciación en la vida cristiana ya que es su espacio privilegiado. La misma formación del catequista se ubica en el contexto eclesial. 

Los lugares de IC son: la pequeña comunidad, la CEB’s y los grupos y movimientos. La familia siempre seguirá siendo un lugar testimonial, catequético, celebrativo y misional. A la parroquia compete coordinar las comunidades, grupos y movimientos para que puedan cumplir las exigencias de la IC.

LA CULTURA EN EL PROCESO FORMATIVO

La cultura contiene ocultas semillas del Reino que al discípulo corresponde hacer crecer. La cultura no es opcional. El discípulo está llamado a expresarse en su propia cultura y en la cultura de sus interlocutores. Tanto el Kerigma como la Iniciación Cristiana pueden hacer que la catequesis sea un espacio y ámbito de inculturación.

INDICADORES DEL PROCESO FORMATIVO

La catequesis estructura y fundamenta la conversión y conduce a la vida comunitaria y al servicio al mundo. Hace al adulto responsable de transmitir la fe, dar vida a la misma Iglesia y comprometerse en nombre de ella en la transformación de la sociedad; lo ayuda a leer la propia vida y discernir la propia vocación y a asumir el Reino de Dios como proyecto central del ministerio de Jesús. Incorporar al niño a la vida comunitaria y a la Eucaristía en la comunidad adulta. Los sacramentos imprimen en conjunto la identidad del discípulo de Cristo. Signo de una comunidad que ha hecho la opción por el kerigma y la Iniciación Cristiana es el crecimiento del catecumenado de adultos tanto con personas no cristianas como con cristianos no suficientemente evangelizados.


LAS ACCIONES URGENTES A DESARROLLAR

FORMACIÓN BÍBLICA INTEGRAL

La Palabra debe ser asumida como criterio de lectura y de interpretación de la realidad latinoamericana. Para lograr que sea criterio fundante de toda la catequesis se hace necesaria una formación bíblica básica no sólo en la historia de la formación de la misma sino en los criterios eclesiales de su interpretación, en la lectura orante, en la vivencia celebrativa en la liturgia. 

ACTITUD ECLESIAL DIALOGANTE, PROPOSITIVA, ATENTA A LOS LENGUAJES

Debemos acentuar nuestra actitud dialogante, alegre y propositiva para difundir la Buena Nueva. El discípulo está llamado también a aprender los lenguajes verbales y no verbales de las culturas de las personas que pretende evangelizar.

CATEQUISTA FORMADO INTEGRALMENTE PARA ACOMPAÑAR UNA DIVERSIDAD DE PROCESOS

Nuestro contexto histórico y sociocultural exige formar un nuevo catequista con una profunda conciencia vocacional que pueda acompañar no solamente la etapa de conversión inicial sino los procesos educativos para distintas situaciones de la vida. Para ello necesita una formación conducida por el modelo catecumenal en el que el contacto asiduo con la Palabra y la participación en la celebración y servicio comunitarios se combinen con un profundo conocimiento antropológico y cultural de sus destinatarios.

El catequista debe ser capaz de transmitir el anuncio de Cristo con un lenguaje significativo y con nueva expresión. Ello requiere promover con excelencia académica y apostólica, formadores de catequistas, escuelas y cursos. Los seminarios diocesanos y religiosos no están exentos de esta nueva formación. 

CONTENIDOS CATEQUÉTICOS ATENTOS A LAS NUEVAS REALIDADES

En la nueva sociedad del Tercer Milenio la catequesis no puede excluir de sus contenidos las situaciones de pobreza y exclusión, la pluralidad en lo étnico, cultural y religioso, los problemas de la familia. Es apremiante formar al catequista para evangelizar en un ambiente plural, complejo y con pobreza creciente. De ello resultarán hombres y mujeres comprometidos con su realidad familiar, social, política y cultural.

ATENCIÓN ESPECIAL A LA FAMILIA Y A LOS JÓVENES

Se debe recuperar la capacidad educadora del núcleo familiar y potenciar el papel del padrino y la madrina. La catequesis debe capacitar a la familia a dar testimonio profético y a fortalecerla en conciencia de vida comunitaria. Es necesaria la interacción íntima entre espacio familiar, ambiento social y comunidad cristiana. Superar la deficiencia educativa religiosa familiar con catequistas bien formados y procesos bien delineados.

La catequesis debe proponer al joven diversas formas de vocación cristiana, modelos de discípulos, ofrecer experiencias de acercamiento, servicio y solidaridad.

IMPLEMENTACIÓN DE MÁS PROCESOS CATECUMENALES CON ADULTOS

Urge que las Iglesias asuman el catecumenado como camino ordinario de evangelización de adultos. Es necesario insertar a jóvenes en grupos o comunidades juveniles. 

UNA INVITACIÓN A MIRAR HACIA DELANTE CON NUEVAS PREMISAS: HACIA UNA CATEQUESIS MISIONERA EN UNA IGLESIA EN ESTADO DE PERMANENTE MISIÓN

Estamos llamados a realizar una inmersión total en un paradigma al que no estamos habituados. Ello nos pide cambiar los esquemas e innovar. Tenemos ya algunas premisas:

La iniciación cristiana -que parte del testimonio comunitario, el anuncio del kerigma y la conversión personal- constituye el punto de partida para renovar los modelos de catequesis hasta ahora llevados a cabo en la Iglesia Latinoamericana. Lograr un proceso que combine los elementos característicos del catecumenado con la atención debida a la diversidad antropológica, sociocultural y religiosa de hoy constituye un reto aún en ciernes. La experiencia llevada a cabo en diversas diócesis de procesos de despertar religioso, catequesis familiar y catequesis con adultos señalan los pasos a seguir para dejar atrás una iniciación centrada en la recepción sacramental y abrir paso a una verdadera iniciación a la vida cristiana.

La comunidad cristiana está llamada a asumir su responsabilidad como gestora de los itinerarios de iniciación. En ámbitos donde el sentido de pertenencia se debilita y la participación es escasa, se necesita impulsar pequeñas comunidades de referencia que asuman, partiendo de un proyecto común, la tarea de acoger y acompañar tanto a los que se inician en la búsqueda sincera del Dios de la vida, a los miembros alejados pero con ganas de reavivar el fuego interior que brota del encuentro con Cristo y a los niños, adolescente y jóvenes que desean completar su incorporación de manera plena en la comunidad de discípulos. La comunidad parroquial aunará los esfuerzos que se lleven a cabo entre familias, en la escuela, en las CEB’s, en los grupos y Movimientos

El nuevo paradigma necesita de un catequista capacitado para animar y acompañar debidamente. Una formación centrada en aspectos doctrinales y metodológicos debe dar paso a un itinerario de talante catecumenal que permita experimentar en primera persona el proceso completo. Ello requerirá promover equipo de formadores, cursos y escuelas debidamente preparadas. La comunidad eclesial pondrá especial interés en involucrar en esta dinámica a los futuros presbíteros, consagrados y consagradas desde las etapas de su formación inicial.

Finalmente, el proceso de inspiración catecumenal exige que no se dé por sentada la fe de los interlocutores. Se trata de ayudar a configurar la identidad del discípulo y ayudar a vivir la opción por el Resucitado en una comunidad orante, fraternal y solidaria. Lo que hasta ahora se lograba desde la más tierna infancia, con una catequesis lineal y de rasgo escolar, ha dejado de ser una realidad. La transmisión de la fe en el momento actual pide un espíritu misionero y un corazón paciente, abierto a los ritmos personales y grupales, dispuesto tanto a acoger como a dejar partir, a personalizar sin crear elitismos, a acompañar no por edades sino por inquietudes, a presentar itinerarios diversificados pero claros, con puntos de partida y puntos de llegada, a veces lineales pero muchas otras, circulares. 

Salgamos de prisa, hacia una nueva tierra. María, que acogió las novedades de Dios y se puso inmediatamente en camino a casa de Isabel, dejando la seguridad de Nazaret, nos da el ejemplo.